
El derretimiento de los casquetes polares en el Ártico. Imagen de Roxanne Desgagnés.
En 2015, el periodista británico Tim Marshall publicó Prisioneros de la geografía: Todo lo que hay que saber de política mundial a partir de diez mapas. Este libro divide el globo en diez regiones, analizando cómo características geográficas como ríos, montañas y mares influyen en decisiones políticas, en estrategias militares y en el desarrollo económico. Tim Marshall es elogiado por hacer un tema complejo accesible y atractivo. Sin embargo, su libro también enfrenta críticas por ciertas omisiones. Los críticos señalan que, al enfocarse únicamente en la geografía, Marshall a veces descuida otros factores significativos en la toma de decisiones políticas. En cualquier caso, es útil aprender de las ideas en Prisioneros de la Geografía.
A continuación, se presenta un resumen del décimo capítulo del libro, que se centra en el Ártico. Puedes encontrar todos los resúmenes disponibles de este libro, o puedes leer el resumen del capítulo anterior del libro, haciendo clic en estos enlaces.
Marshall presenta el Ártico como una región en la que la geografía cambia más deprisa que los hábitos políticos. Durante siglos, el hielo hizo que el extremo norte fuera difícil de cruzar, explotar, vigilar o disputar. A medida que el hielo retrocede, rutas que antes pertenecían sobre todo a exploradores y planificadores militares se convierten en cuestiones prácticas para navieras, empresas energéticas, Estados costeros y juristas internacionales. Según Marshall, Rusia entra en esta nueva fase con la postura ártica más clara: tiene la costa septentrional más larga, la mayor infraestructura regional y la flota con más capacidad para operar en el hielo. Estados Unidos también es un Estado ártico por Alaska, pero Marshall sostiene que Washington ha tratado la región con mucha menos urgencia.
El capítulo empieza subrayando la escala y la dureza de la región. El océano Ártico es el océano más pequeño del mundo, pero sigue siendo enorme, y su lecho marino contiene amplias plataformas continentales. La amplitud de esas plataformas importa porque la soberanía marítima suele estar vinculada a las reclamaciones sobre la plataforma continental. El Ártico en sentido amplio incluye partes de Canadá, Finlandia, Groenlandia, Islandia, Noruega, Rusia, Suecia y Estados Unidos. Además, su entorno es extremo: breves periodos de calor relativo en verano conviven con larga oscuridad invernal, frío intenso, fiordos, desiertos polares, roca expuesta y hielo marino. La combinación de escala, frío e hielo ha hecho que la región sea difícil de gobernar y, al mismo tiempo, atractiva para quienes se sienten atraídos por el borde del mundo conocido.
Marshall utiliza la historia de la exploración ártica para mostrar por qué el acceso siempre ha sido el problema central. Piteas de Massalia describió el extremo norte en la Antigüedad, y más tarde exploradores europeos buscaron un Paso del Noroeste que uniera el Atlántico y el Pacífico. Los viajes de Henry Hudson terminaron en motín y probable muerte. Sir Edward Parry fue vencido por el hielo en movimiento durante un intento de alcanzar el Polo Norte. La expedición de John Franklin de 1845 se convirtió en uno de los desastres más famosos de la exploración polar cuando ambos barcos quedaron atrapados y murieron sus 129 hombres. La travesía con éxito del Paso del Noroeste por Roald Amundsen en 1905 demostró que el paso era posible, aunque solo en condiciones excepcionales.
El calentamiento moderno cambia el significado de aquellas viejas ambiciones. Los registros por satélite muestran una gran reducción del hielo marino ártico, y la mayoría de los climatólogos atribuye esa tendencia en gran medida al cambio climático causado por el ser humano. Las consecuencias locales ya son prácticas, no abstractas. Algunas aldeas costeras de los mares de Bering y Chukchi han afrontado erosión y reubicación. Los animales y los bancos de peces se desplazan a medida que cambian los hábitats. Osos polares, zorros árticos, morsas, caballas y bacalaos atlánticos aparecen en el relato de Marshall como señales de una reorganización biológica que no respeta fronteras nacionales. Como la subida del nivel del mar también afecta a países de baja altitud lejos del Ártico, la transformación de la región tiene consecuencias globales.
El proceso físico se refuerza a sí mismo. A medida que el hielo y la nieve reflectantes dejan paso a aguas más oscuras y tierra expuesta, esas superficies oscuras absorben más calor. La actividad industrial puede añadir residuos que reducen todavía más la reflectividad. El efecto albedo ayuda así a explicar por qué el Ártico puede calentarse de formas que aceleran nuevos cambios. Algunos efectos pueden beneficiar a la agricultura local o al crecimiento vegetal. Con todo, Marshall pone el acento en el resultado estratégico más amplio. Una de las partes menos accesibles del mundo se vuelve más fácil de penetrar, y ese nuevo acceso cambia el valor del territorio, de las rutas marítimas y de los recursos del lecho marino.
El transporte marítimo es el cambio comercial más visible. El Paso del Noroeste a través del archipiélago canadiense ya puede utilizarse durante parte del verano. En 2014, el carguero Nunavik llevó mineral de níquel de Canadá a China sin escolta de rompehielos, siguiendo una ruta polar más corta que la del canal de Panamá y que permitió ahorrar combustible y tiempo. La Ruta Marítima del Norte, a lo largo de la costa siberiana de Rusia, también se está volviendo más utilizable durante varios meses al año. Si esas rutas se vuelven más fiables, podrían alterar el comercio entre Europa y Asia y reducir parte de los ingresos de los canales de Suez y Panamá.
Los recursos crean una segunda capa de competencia. Se cree que el Ártico contiene grandes reservas no descubiertas de gas natural, petróleo, líquidos de gas natural y minerales. El Servicio Geológico de Estados Unidos estimó en 2008 que en la región se encuentran grandes cantidades de esos recursos, muchas de ellas en alta mar. Por ello, empresas energéticas como ExxonMobil, Shell y Rosneft han buscado licencias y explorado la perforación. Aun así, la extracción sigue siendo cara y peligrosa. La oscuridad, el hielo grueso, los mares violentos y la dificultad de construir oleoductos o infraestructura de licuefacción en alta mar elevan todos los costes. El argumento de Marshall es que esos obstáculos frenan la carrera, pero no eliminan los incentivos que la impulsan.
El marco jurídico de esa carrera es la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Según la UNCLOS, un Estado costero tiene derechos económicos exclusivos hasta 200 millas náuticas, sujetos a solapamientos con otros Estados, y puede solicitar una ampliación hasta 350 millas náuticas cuando las pruebas científicas respaldan una reclamación de plataforma continental. A medida que el deshielo vuelve más accesibles los recursos y las rutas, los Estados tienen más razones para impulsar reclamaciones que antes parecían teóricas. El Consejo Ártico ofrece un foro a la región, con Canadá, Rusia, Estados Unidos, Noruega, Dinamarca a través de Groenlandia, Islandia, Finlandia y Suecia como miembros. Otros Estados, entre ellos China, Japón e India, han buscado voz mediante el estatuto de observador y la actividad científica.
Rusia es el actor más asertivo del capítulo de Marshall. En 2007, sumergibles rusos colocaron una bandera de titanio en el lecho marino del Polo Norte, un gesto simbólico sin título jurídico asociado. De forma más sustantiva, Moscú sostiene que la dorsal de Lomonósov es una extensión de la plataforma continental de Siberia. Esa reclamación importa porque la dorsal se extiende hacia el Polo Norte y se solapa con los intereses de otros Estados árticos. Rusia también mantiene disputas con Noruega en el mar de Barents y en torno a Svalbard, donde las comunidades mineras rusas dan a Moscú una presencia demográfica que puede utilizar junto con los argumentos geológicos.
Los preparativos militares siguen la misma geografía. Noruega ha convertido el Alto Norte en una prioridad de política exterior, intercepta aviones rusos cerca de sus fronteras y ha desplazado atención militar hacia el norte. Canadá y Dinamarca también han reforzado sus capacidades árticas. Sin embargo, Rusia ha ido más lejos. Ha reabierto o construido bases, renovado pistas de aterrizaje, preparado brigadas árticas cerca de Múrmansk y organizado grandes ejercicios en clima frío. Marshall vincula esta postura al problema naval más amplio de Rusia: la Flota del Norte debe moverse desde la península de Kola a través de aguas restringidas hacia el Atlántico. Allí, la geografía de la OTAN ha condicionado durante mucho tiempo la planificación estratégica rusa.
Los rompehielos ilustran el desequilibrio en capacidad práctica. Construir estos buques es caro y lento, pero resultan esenciales para un acceso polar sostenido. Rusia tiene la mayor flota del mundo, incluidos rompehielos de propulsión nuclear. Estados Unidos, en cambio, ha tenido una capacidad de rompehielos pesados muy limitada en comparación con su flota de la Guerra Fría. A su vez, Canadá, Finlandia, Suecia, Dinamarca, China, Alemania y Noruega tienen flotas más pequeñas. Para Marshall, la brecha en rompehielos es una medida de poder utilizable. Muestra qué Estados pueden escoltar el transporte marítimo, apoyar proyectos de recursos, mantener presencia y hacer creíbles las reclamaciones jurídicas mediante actividad real.
Estados Unidos también afronta una limitación jurídica porque no ha ratificado la UNCLOS. Marshall sostiene que la falta de ratificación debilita la capacidad de Washington para formalizar algunas reclamaciones sobre el lecho marino ártico. A la vez, Estados Unidos disputa con Canadá el acceso marítimo y los derechos en alta mar, y mantiene desacuerdos con Rusia sobre las aguas septentrionales. Canadá trata partes del Paso del Noroeste como aguas interiores, mientras que Estados Unidos las considera estrechos utilizados para la navegación internacional. Dinamarca y Canadá también han disputado la isla Hans, entre Groenlandia y la isla de Ellesmere. En conjunto, estos casos muestran cómo el deshielo convierte disputas simbólicas o latentes en cuestiones con valor comercial, militar y diplomático.
Marshall cierra con una distinción prudente. La competencia ártica se parece a una nueva carrera entre grandes potencias porque los Estados quieren rutas, recursos y ventajas de seguridad. Aun así, la carrera opera a través de instituciones, normas jurídicas, obligaciones ambientales, pueblos indígenas y gobiernos que a menudo necesitan cooperar para funcionar en un entorno hostil. La búsqueda y rescate, las disputas pesqueras, el contrabando, el terrorismo, los vertidos de petróleo y los accidentes nucleares o industriales se vuelven más difíciles de gestionar si los Estados se niegan a coordinarse. El Ártico puede convertirse en otro escenario de rivalidad, pero su geografía también impone una verdad práctica: ningún Estado puede hacer que el Alto Norte sea seguro, rentable o gobernable por completo por sí solo.