DiploWiki

Etiopía y Eritrea: guerra, paz y acceso al mar Rojo

Vista satelital en falso color de Assab, en la costa eritrea del mar Rojo, con la ciudad portuaria, el terreno árido del interior y aguas costeras poco profundas, además de una línea de costa e islas cercanas que muestran el valor marítimo del área para Etiopía.

Assab, en la costa eritrea del mar Rojo, ocupa un lugar central en el debate sobre la búsqueda etíope de acceso marítimo desde la independencia de Eritrea. Imagen: Yonas Kidane / Sentinel-2-Copernicus EU, con licencia CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.

Desde 1993, las relaciones entre Etiopía y Eritrea arrastran una tensión creada por la propia independencia eritrea: Eritrea obtuvo su soberanía, mientras que Etiopía perdió el acceso directo al mar. La independencia eritrea cambió la relación bilateral al convertir una disputa de soberanía en un problema permanente de acceso al mar para Etiopía. El nuevo Estado eritreo pasó a controlar la costa del mar Rojo, donde se encuentran Assab y Massawa, ciudades portuarias importantes en la historia comercial etíope. Etiopía, por su parte, pasó a depender de puertos de países vecinos para importar, exportar y sostener su posición regional.

Esa geografía ayuda a explicar por qué los dos países han oscilado entre guerra, hostilidad congelada, acercamiento público y nueva desconfianza. La pequeña localidad fronteriza de Badme se convirtió en el símbolo de la guerra de 1998-2000, pero el conflicto no nació solo de esa disputa territorial. Eritrea intenta proteger la soberanía conquistada tras décadas de guerra, mientras que Etiopía intenta reducir su dependencia logística de Yibuti. El legado del conflicto en Tigray y la fragilidad de los mecanismos diplomáticos creados después de la paz de 2018 completan el cuadro.

Resumen

  • Eritrea fue colonia italiana, estuvo bajo administración británica, se federó con Etiopía en 1952 y fue anexionada por el emperador etíope Haile Selassie en 1962. La anexión fortaleció la lucha armada que llevó a la independencia eritrea en 1993.
  • Con la independencia de Eritrea, Etiopía perdió el acceso directo al mar Rojo. Desde la guerra de 1998-2000, más del 95% del volumen del comercio exterior etíope pasa por el eje entre Adís Abeba y Yibuti.
  • La guerra entre Etiopía y Eritrea empezó en 1998 después de que la disputa por Badme se sumara a roces por el uso de los puertos eritreos, la nueva moneda de Eritrea y la autoridad de cada Estado en la frontera.
  • El Acuerdo de Argel de 2000 puso fin a la guerra abierta y creó comisiones para delimitar la frontera y examinar solicitudes de compensación. Sin embargo, la decisión que atribuyó Badme a Eritrea no produjo durante años una demarcación aceptada sobre el terreno.
  • El acercamiento de 2018 entre el primer ministro etíope Abiy Ahmed y el presidente eritreo Isaias Afwerki puso fin al estado formal de guerra. La relación, aun así, siguió dependiendo de decisiones personales de los dos líderes y de instituciones frágiles para administrar la frontera, el comercio y la seguridad.
  • La guerra de Tigray, el Acuerdo de Pretoria de 2022, las movilizaciones amharas dentro de Etiopía y la disputa etíope por el acceso al mar Rojo volvieron a situar la relación en un entorno de riesgo, sin hacer inevitable una nueva guerra.

Cómo quedaron unidas Eritrea y Etiopía

La historia moderna de Eritrea siguió un camino distinto al de la trayectoria imperial etíope. A finales del siglo XIX, Italia consolidó Eritrea como colonia en la costa del mar Rojo e hizo de la región una base política y militar. Etiopía, en cambio, preservó su independencia al derrotar a Italia en la batalla de Adua, en 1896, aunque fue ocupada por la Italia fascista entre 1936 y 1941. Tras la derrota italiana en la Segunda Guerra Mundial, Eritrea quedó bajo administración británica. En ese momento, potencias y organismos internacionales discutían si el territorio debía independizarse, dividirse o quedar vinculado a Etiopía. La diferencia entre la experiencia colonial eritrea y la continuidad estatal etíope hizo que la unión posterior fuera políticamente inestable desde el comienzo.

El arreglo decisivo llegó con la Organización de las Naciones Unidas. En 1950, la Asamblea General de la ONU recomendó que Eritrea se convirtiera en una unidad autónoma federada con Etiopía bajo la Corona etíope. La federación entró en vigor en 1952 y, en teoría, preservaba instituciones propias de Eritrea. En la práctica, el gobierno etíope redujo gradualmente esa autonomía. En 1961, grupos eritreos iniciaron la lucha armada por la independencia. Al año siguiente, el emperador Haile Selassie disolvió la federación y anexionó Eritrea al Estado etíope. La anexión de 1962 convirtió una disputa sobre autonomía en una guerra prolongada contra el dominio de Adís Abeba.

La guerra de independencia eritrea atravesó la caída del imperio etíope y el ascenso del Derg, el régimen militar marxista que gobernó Etiopía a partir de 1974. El Derg hizo frente a insurgencias en varias regiones y mantuvo Eritrea por la fuerza. A comienzos de la década de 1990, dos frentes armados cambiaron la política del Cuerno de África. El Frente Popular de Liberación de Eritrea tomó Asmara, capital de Eritrea. Al mismo tiempo, el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, dominado por el Frente Popular de Liberación de Tigray, entró en Adís Abeba y derrocó al Derg. El referéndum de 1993 confirmó la independencia de Eritrea respecto de Etiopía y creó dos Estados donde antes había una relación imperial.

Por qué la independencia cambió la geografía etíope

La independencia eritrea alteró la posición estratégica de Etiopía: el nuevo Estado pasó a controlar toda la costa que antes daba a Adís Abeba acceso directo al mar Rojo. Assab, en el sur de Eritrea, era el puerto más importante para el comercio etíope en los primeros años posteriores a la separación. Massawa, más al norte, era otra ciudad portuaria eritrea en el mar Rojo. La independencia creó una nueva frontera política y dejó la economía exterior etíope dependiente de acuerdos con Estados costeros.

En los primeros años después de 1993, los dos gobiernos intentaron administrar esa interdependencia. Etiopía siguió usando sobre todo el puerto de Assab, y las élites del Frente Popular de Liberación de Eritrea y del Frente Popular de Liberación de Tigray aún compartían la memoria de la lucha contra el Derg. Ese acercamiento dependía de la confianza entre dirigentes revolucionarios y de reglas económicas poco estables. Cuando Eritrea introdujo su moneda, el nakfa, en 1997, las disputas sobre pagos y uso de los puertos se volvieron más difíciles de resolver. La introducción del nakfa convirtió la interdependencia económica en una fuente de fricción al obligar a los dos gobiernos a renegociar costes y formas de pago.

Al mismo tiempo, los desacuerdos fronterizos ganaron peso político. En zonas como Badme, una pequeña localidad en la región fronteriza entre Etiopía y Eritrea, los dos gobiernos afirmaban ejercer autoridad legítima sobre el territorio. El riesgo estaba en la superposición de dos problemas distintos. Por un lado, había desacuerdos concretos sobre la administración local y la frontera heredada del periodo colonial. Por otro, cada gobierno necesitaba mostrar a su público interno que no aceptaría una pérdida territorial después de años de lucha armada y construcción nacional.

Por qué empezó la guerra de 1998-2000

La guerra entre Etiopía y Eritrea empezó en 1998 y duró hasta 2000. Badme fue el detonante más visible: fuerzas y autoridades de ambos lados trataron aquella pequeña localidad fronteriza como una prueba de soberanía. Para el gobierno etíope, los movimientos eritreos en la zona parecían una entrada armada en territorio etíope. Para el gobierno eritreo, la presencia etíope en Badme y en zonas cercanas mantenía bajo control de Adís Abeba territorios que Asmara consideraba eritreos. Badme importaba menos por su tamaño que por la cuestión que abría: qué Estado ejercería autoridad en una frontera mal demarcada sobre el terreno.

Badme abrió la crisis militar, y el deterioro anterior explica por qué la disputa se extendió con tanta rapidez. Etiopía protestaba por los costes y las condiciones de uso de los puertos eritreos. Eritrea defendía su nueva moneda y su autonomía económica. Los dos gobiernos discrepaban sobre la línea fronteriza. Como las antiguas fuerzas aliadas se habían convertido en gobiernos separados, cada disputa técnica pasó a afectar a la legitimidad de los nuevos Estados. Una tarifa portuaria, una regla de pago o una patrulla fronteriza podía interpretarse como presión política sobre la soberanía del otro país.

Los combates dejaron decenas de miles de muertos, desplazaron poblaciones y militarizaron la frontera entre los dos países. La guerra rediseñó la logística etíope. Etiopía dejó de usar puertos eritreos y concentró su comercio exterior en Yibuti. Eritrea perdió ingresos asociados al comercio etíope y pasó a organizar buena parte de su política de seguridad en torno a la amenaza percibida desde Etiopía. Al reducir las rutinas comerciales compartidas, la separación económica dejó la relación más dependiente de la frontera, las tropas y las acusaciones mutuas.

Qué resolvió Argel y qué quedó pendiente

El proceso de Argel puso fin a la guerra abierta mediante dos acuerdos sucesivos. En junio de 2000, las partes aceptaron un cese de las hostilidades. En diciembre de ese mismo año, el Acuerdo de Argel creó la arquitectura jurídica de la posguerra. La Comisión de Límites entre Eritrea y Etiopía debía delimitar y demarcar la frontera, mientras que la Comisión de Reclamaciones examinaría solicitudes de compensación. Esa división separaba la cuestión territorial, sobre dónde estaba la frontera, de la cuestión reparadora, sobre qué pérdidas debían dar lugar a compensación.

La Comisión de Límites decidió en 2002 que Badme quedaba del lado eritreo de la línea. La decisión debía ser definitiva y vinculante. Su implementación, aun así, exigía que Etiopía aceptara cambios reales en el control de zonas disputadas, y ese coste político bloqueó la demarcación física. Adís Abeba defendía que la aplicación plena de la decisión debía venir acompañada de diálogo, reapertura de relaciones políticas y condiciones de seguridad más previsibles. Para Eritrea, la negativa etíope a aceptar la demarcación representaba el incumplimiento de una decisión internacional que Asmara daba por cerrada.

La Misión de las Naciones Unidas en Etiopía y Eritrea supervisó el alto el fuego y la zona temporal de seguridad hasta 2008. Cuando terminó el mandato, la ONU ya afrontaba restricciones operativas y falta de avance político. Entre 2000 y 2018, por tanto, los dos países mantuvieron una hostilidad congelada, con pocos combates a gran escala y con la frontera preparada para una nueva escalada.

Esa hostilidad congelada afectó a la política interna. En Eritrea, el gobierno de Isaias Afwerki usó la amenaza externa para justificar la militarización, el cierre del sistema político y el servicio nacional por tiempo indefinido. En ese sistema, los jóvenes pueden ser destinados a funciones militares o civiles sin un plazo claro de finalización, lo que convierte la defensa nacional en un instrumento permanente de control social. En Etiopía, los gobiernos dominados por la coalición EPRDF insistían en que la frontera debía implementarse dentro de una negociación más amplia, por el riesgo de que una retirada de zonas disputadas sin garantías políticas pareciera una concesión unilateral.

La paz de 2018 y sus límites

El cambio más visible se produjo en 2018, cuando Abiy Ahmed se convirtió en primer ministro de Etiopía. Abiy anunció que aceptaría el marco de Argel y la decisión de la Comisión de Límites, visitó Asmara y se reunió con Isaias Afwerki, presidente de Eritrea desde la independencia. El 9 de julio de 2018, los dos líderes firmaron una Declaración Conjunta de Paz y Amistad. Un acuerdo posterior en Yeda reafirmó el acercamiento.

El impacto público fue fuerte. Reabrieron las embajadas, se reanudaron los vuelos, familias separadas por la frontera pudieron reencontrarse y terminó el estado formal de guerra entre Etiopía y Eritrea. En 2019, Abiy recibió el Premio Nobel de la Paz, en gran medida por su iniciativa respecto a Eritrea. El gesto de 2018 puso fin a la hostilidad formal y restableció canales diplomáticos que llevaban casi dos décadas cerrados.

Aun así, el acercamiento de 2018 tuvo más fuerza como ruptura simbólica que como construcción institucional. Los detalles sobre demarcación de la frontera, comercio, circulación de personas, seguridad y resolución de futuras disputas siguieron siendo limitados. Como las decisiones dependían principalmente de Abiy e Isaias, la relación mejoraba cuando los dos líderes veían una ventaja política en el acercamiento y quedaba vulnerable cuando sus intereses dejaban de coincidir. La hostilidad formal terminó sin que surgiera una rutina estable para administrar los temas que habían llevado a los países a la guerra.

Cómo Tigray volvió a tensar la relación

Tigray es una región del norte de Etiopía, vecina de Eritrea, y su política pesa directamente sobre la relación bilateral. El Frente Popular de Liberación de Tigray, conocido por la sigla inglesa TPLF, lideró durante décadas la coalición que dominó Etiopía después de la caída del Derg. Para Isaias Afwerki, el TPLF siguió siendo un adversario estratégico: había dirigido Etiopía durante la guerra de 1998-2000 y tenía influencia en una región pegada a la frontera eritrea. Por esa geografía, las disputas internas en Tigray pueden alterar la seguridad entre Etiopía y Eritrea y en el Cuerno de África.

Cuando la guerra de Tigray empezó en noviembre de 2020, después de la ruptura entre el gobierno federal etíope y las autoridades regionales ligadas al TPLF, Eritrea entró en el conflicto del lado de las fuerzas federales etíopes. Organizaciones internacionales y medios de comunicación informaron de graves abusos cometidos por distintas partes en la guerra, incluidas acusaciones contra fuerzas eritreas. La participación eritrea cambió el significado de la paz de 2018: el acercamiento entre Abiy e Isaias pasó a vincular la frontera interestatal con la disputa interna etíope contra el TPLF.

El Acuerdo de Pretoria, firmado en noviembre de 2022, puso fin a la principal guerra entre el gobierno federal de Etiopía y el TPLF. Pretoria vinculó al gobierno federal y al TPLF. Asmara quedó fuera de la mesa de negociación. Eso significa que el entendimiento de Pretoria no obligó al gobierno eritreo ni resolvió las preocupaciones de Isaias sobre la reorganización política y militar de Tigray. Después de la guerra, surgieron nuevas tensiones en torno a la administración regional, la presencia o influencia eritrea en zonas próximas a la frontera y grupos armados dentro de la propia Etiopía. La exclusión de Eritrea del acuerdo de Pretoria mantuvo abiertas cuestiones de seguridad que la paz de 2018 ya no podía administrar.

Los actores amharas deben entenderse en ese marco. Los amharas forman uno de los mayores grupos etnolingüísticos de Etiopía, y fuerzas políticas y milicias asociadas a sectores amharas, como las redes Fano, tuvieron un papel en la guerra de Tigray y en disputas por zonas del oeste y el sur de la región. Cuando esos grupos entran en confrontación con el gobierno federal o son acusados de recibir apoyo externo, la tensión deja de ser solo un problema local. Puede afectar a la frontera con Eritrea, la relación entre Adís Abeba y Asmara y la estabilidad del acuerdo de Pretoria.

Por qué el acceso al mar Rojo volvió al centro

Etiopía presenta el acceso al mar como una necesidad económica y estratégica. El argumento parte de un dato material: un país con una población muy grande y una economía dependiente de las importaciones necesita que otro gobierno autorice y administre su salida marítima. Desde la guerra con Eritrea, el eje Adís Abeba-Yibuti concentra más del 95% del volumen del comercio exterior etíope. Esa dependencia aporta a Yibuti ingresos e importancia diplomática, pero deja a Etiopía expuesta a costes, cuellos de botella y decisiones de otro Estado costero.

Tres formas de acceso al mar tendrían consecuencias diferentes. El acceso comercial significa usar servicios portuarios y aduaneros bajo la autoridad de otro Estado. En ese modelo, Etiopía negocia condiciones para que las mercancías entren y salgan, sin recibir territorio costero. El acceso naval o de seguridad implicaría una base, presencia militar o algún mecanismo de protección marítima aceptado por el Estado costero. El acceso soberano, por último, significaría que Etiopía tendría territorio propio en la costa, una hipótesis que los vecinos tratarían como una amenaza directa a la integridad territorial. La distinción entre acceso comercial y acceso soberano define si la propuesta etíope parece una negociación logística o una revisión de frontera.

Esa distinción es decisiva para Eritrea. Si autoridades etíopes hablan de Assab, de la pérdida histórica del litoral o de un derecho etíope al mar Rojo sin aclarar que defienden solo acuerdos comerciales, el gobierno eritreo puede interpretar el mensaje como una reivindicación territorial. Para Asmara, Assab y Massawa son ciudades eritreas en una costa conquistada tras la guerra de independencia. Por eso, una propuesta etíope presentada como solución de transporte puede ser recibida por Eritrea como presión sobre su soberanía. La misma frase sobre puertos puede tener sentidos distintos: en Adís Abeba significa diversificación logística, mientras que en Asmara puede sonar a amenaza territorial.

La búsqueda etíope de alternativas involucra a Somalia y Somalilandia. En enero de 2024, Etiopía firmó un memorando con Somalilandia, un territorio que funciona con autonomía de hecho desde 1991, aunque su independencia respecto de Somalia sigue siendo ampliamente cuestionada. El memorando se presentó públicamente como un posible intercambio entre acceso etíope a una parte de la costa y eventual reconocimiento etíope de Somalilandia. Somalia rechazó el memorando y alegó que violaba su soberanía. En diciembre de 2024, la Declaración de Ankara, mediada por Turquía, intentó reducir la tensión al reconocer la soberanía somalí y, al mismo tiempo, admitir la necesidad etíope de un acceso fiable al mar por medios comerciales bajo autoridad de Somalia.

Cómo entran otros actores regionales en el cálculo

El mar Rojo y el golfo de Adén son rutas de comercio, energía y seguridad, de modo que la relación entre Etiopía y Eritrea no queda limitada a los dos países. Yibuti tiene interés en preservar su papel como principal salida etíope al mar. Somalia intenta impedir que acuerdos entre Etiopía y Somalilandia debiliten su reivindicación de soberanía sobre todo el territorio somalí. Somalilandia, por su parte, usa su costa y el puerto de Berbera para buscar reconocimiento externo e inversión. Cada ruta alternativa reduce una dependencia etíope y abre una nueva negociación política.

Egipto observa el movimiento etíope desde otra rivalidad. La Gran Presa del Renacimiento Etíope, conocida por la sigla inglesa GERD, es una presa construida por Etiopía en el Nilo Azul, principal afluente del Nilo. El gobierno egipcio teme que el control etíope del llenado y el funcionamiento de la presa reduzca la previsibilidad de las aguas del Nilo. Por ese motivo, los movimientos etíopes en el Cuerno de África pueden leerse en El Cairo como parte de una disputa más amplia sobre poder regional, agua y alianzas.

Sudán aparece como posible alternativa de tránsito para Etiopía al compartir frontera con ese país y tener litoral en el mar Rojo. La guerra civil sudanesa, sin embargo, hace muy incierta cualquier ruta por su territorio. Además, los Estados del Golfo pueden financiar puertos africanos para ganar presencia logística e influencia en materia de seguridad. Esos recursos crean oportunidades para los Estados costeros, pero también pueden llevar rivalidades externas a disputas locales sobre quién controla puertos, bases y reglas de tránsito.

Las instituciones regionales y globales ofrecen canales de desescalada con fuerza limitada. La Unión Africana y la ONU defienden la soberanía, la integridad territorial y la solución pacífica de controversias. La IGAD, un bloque del Cuerno de África y de África Oriental, podría funcionar como foro regional de consulta. Sin embargo, la retirada de Eritrea de la IGAD en diciembre de 2025 redujo un espacio en el que Asmara podía ser incluida en negociaciones regionales o presionada por sus vecinos. La salida eritrea de la IGAD redujo un canal regional de consulta.

El riesgo actual de una nueva escalada

En el primer semestre de 2026, la relación entre Etiopía y Eritrea volvió a estar marcada por acusaciones, tensión militar e incertidumbre en Tigray. Etiopía acusó a Eritrea de agresión militar y apoyo a grupos armados. Eritrea rechazó las acusaciones etíopes y denunció ambiciones de guerra de Adís Abeba. Al mismo tiempo, las disputas internas etíopes con actores tigrayanos y amharas siguieron afectando al entorno de seguridad cerca de la frontera.

El riesgo principal no está en una sola declaración ni en una sola ruta portuaria. Surge cuando tres problemas se refuerzan: la frontera políticamente sensible, la inestabilidad de Tigray y el discurso etíope sobre el acceso al mar Rojo. Si un gobierno trata el tema como una negociación comercial y el otro lo entiende como una amenaza de revisión de frontera, el margen para el error de cálculo se reduce.

Una relación menos peligrosa exigiría separar con claridad el acceso comercial de la soberanía territorial, mantener canales de comunicación sobre la frontera e integrar Tigray en una solución política. Esa solución tendría que evitar que la región se convirtiera en puente hacia una nueva guerra entre Estados. La paz de 2018 mostró que los líderes pueden romper una hostilidad antigua cuando ven una ventaja en hacerlo. Lo que no mostró fue la capacidad de Etiopía y Eritrea para crear instituciones suficientes que impidan que la geografía, la memoria de la guerra y la política interna vuelvan a empujar a los dos países hacia la confrontación.

Comentarios