
Reunión del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la financiación del terrorismo. Imagen del Departamento del Tesoro de EE. UU., de dominio público.
El terrorismo internacional es el uso o la amenaza de violencia política para intimidar a poblaciones, coaccionar a gobiernos o difundir una causa más allá de las fronteras de un Estado. La internacionalización aparece cuando el ataque depende de apoyo, circulación o repercusión fuera del país directamente afectado. Cuando una red recluta en una región, opera en otra y obliga a los gobiernos a cooperar, el ataque deja de ser solo un problema interno.
La dificultad empieza en la propia definición. Muchos Estados condenan los ataques deliberados contra civiles y autoridades; al mismo tiempo, discrepan cuando la violencia aparece en conflictos de soberanía, ocupaciones militares o represión estatal. Por ese motivo, el orden internacional creó un régimen antiterrorista antes de alcanzar una definición universal completa. Ese régimen opera por capas: tratados sectoriales penalizan conductas concretas, resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU crean obligaciones vinculantes, y mecanismos de cooperación ayudan a los Estados a transformar esas reglas en acción nacional.
Resumen
- El terrorismo es difícil de definir porque la palabra mezcla violencia política, juicio moral, derecho penal, guerra, resistencia, represión estatal y disputas sobre la autodeterminación.
- La forma internacional del terrorismo aparece cuando el ataque, la financiación, el reclutamiento, el entrenamiento, la propaganda o la respuesta jurídica cruzan fronteras.
- Entre las causas más discutidas figuran la estrategia política, la búsqueda de publicidad, la venganza, la ideología, la supervivencia organizativa, la exclusión política, la fragilidad estatal, los conflictos armados, las redes delictivas y las oportunidades tecnológicas.
- El terrorismo moderno suele explicarse mediante oleadas históricas, como la anarquista, la anticolonial, la de la nueva izquierda y la religiosa o yihadista; los grupos actuales, aun así, mezclan repertorios locales y transnacionales.
- La ONU construyó un régimen de contraterrorismo mediante convenios sectoriales, sanciones, resoluciones del Consejo de Seguridad, el Comité contra el Terrorismo, la Estrategia Global y la Oficina de Lucha contra el Terrorismo.
- La cooperación regional, como la del CICTE en la OEA, traduce obligaciones globales en formación, control de fronteras, legislación financiera, ciberseguridad y protección de objetivos vulnerables.
- El principal dilema contemporáneo es combatir redes violentas sin convertir la etiqueta de terrorismo en justificación para abusos, persecución de opositores o represión indiscriminada.
Por qué el terrorismo no tiene una definición universal simple
La palabra «terrorismo» surgió asociada al terror de Estado de la Revolución francesa y con el tiempo pasó a designar la violencia política de grupos armados contra gobiernos y poblaciones. Ese cambio histórico todavía afecta al debate jurídico. Para algunos Estados, el foco debe recaer en cualquier ataque deliberado contra civiles con finalidad política. Para otros, una definición que ignore ocupaciones extranjeras, movimientos de liberación nacional o violencia estatal dejaría fuera parte del problema.
En el derecho internacional, esa divergencia impidió la adopción de un convenio amplio sobre terrorismo internacional. La Asamblea General de la ONU discutió el tema desde los años setenta, sobre todo tras el ataque contra la delegación israelí en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. En aquel contexto, países del Sur Global insistían en tratar las causas políticas y la autodeterminación, mientras que los países desarrollados presionaban por la penalización y la represión. El resultado fue un régimen fragmentado: cada tratado aisló una conducta operativa para que los Estados pudieran cooperar sin resolver toda la disputa conceptual.
Esa elección tiene un efecto concreto: el régimen internacional combate conductas utilizadas por organizaciones terroristas incluso cuando los Estados discrepan sobre el alcance político de la palabra. Un ataque contra una aeronave civil, por ejemplo, puede ser penalizado por tratados de aviación. La financiación clandestina puede perseguirse mediante normas bancarias y penales. A su vez, una persona incluida en una lista del Consejo de Seguridad puede sufrir congelación de activos y restricciones de viaje. La cooperación avanza mediante instrumentos específicos, mientras la definición general sigue siendo políticamente sensible.
Qué hace que un ataque sea internacional
Un acto terrorista puede ser local en su objetivo e internacional en su funcionamiento. Una célula que ataca una ciudad puede haber recibido entrenamiento en otro país, haber usado financiación enviada por intermediarios extranjeros, haber seguido instrucciones de una organización transnacional o haber difundido propaganda para reclutar apoyos en varias lenguas. Del mismo modo, la respuesta al ataque puede depender de otra jurisdicción para transformar una pista extranjera en prueba utilizable, bloqueo financiero o detención.
El sector de la aviación civil ilustra ese proceso con claridad. La expansión de los vuelos internacionales convirtió aviones, aeropuertos y pasajeros en objetivos de alto valor simbólico. Por eso, la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) y los Estados negociaron instrumentos como el Convenio de Tokio de 1963, el Convenio de La Haya de 1970 y el Convenio de Montreal de 1971. Después del 11 de septiembre de 2001, la seguridad aérea adquirió una nueva centralidad, porque los ataques en Estados Unidos demostraron que aviones civiles podían transformarse en armas contra objetivos urbanos y políticos.
Los medios digitales ampliaron la misma lógica. Las plataformas de comunicación facilitan propaganda, instrucción táctica y conexión entre militantes que nunca se encuentran físicamente. Los nuevos medios de pago y las empresas pantalla también pueden reducir la visibilidad de la financiación. Por ese motivo, la cooperación antiterrorista contemporánea desplaza parte de la respuesta hacia frentes civiles, en los que autoridades especializadas deben actuar antes de que la violencia se materialice.
Causas y lógicas del terrorismo
El terrorismo rara vez nace de una única causa. Gana fuerza si una organización cree que la violencia puede compensar su debilidad militar o su exclusión política. La violencia contra civiles y símbolos públicos busca producir miedo, publicidad y presión política en una escala superior a la que la capacidad material del grupo permitiría en una guerra convencional. Esa lógica ayuda a explicar por qué las organizaciones clandestinas eligen objetivos visibles, horarios de gran circulación y medios que amplifican la cobertura mediática.
Martha Crenshaw, una de las autoras clásicas sobre el tema, trató el terrorismo como comportamiento político deliberado. Desde esa perspectiva, la violencia permite que un grupo pequeño busque concesiones, publicidad y cohesión interna por medios que una campaña militar abierta no le ofrecería. La provocación tiene un efecto directo sobre el reclutamiento: ante una represión indiscriminada, el grupo puede usar el sufrimiento de las comunidades afectadas para reclutar nuevos miembros y presentarse como defensor de los perseguidos.
Otra línea de explicación observa a las organizaciones. Los grupos terroristas necesitan mantener viva su estructura incluso antes de alcanzar sus objetivos declarados. A veces, la elección de objetivos deriva menos de una estrategia racional dirigida al Estado enemigo y más de la presión interna para demostrar fuerza e impedir deserciones. En ese sentido, un ataque puede perjudicar la causa pública del grupo y aun así tener sentido para la supervivencia de la propia organización.
También existen causas permisivas. Los Estados frágiles, las guerras civiles y las economías ilícitas pueden crear entornos favorables para grupos armados. La pobreza, por sí sola, explica poco: hay sociedades pobres sin terrorismo intenso y militantes con orígenes sociales variados. Bajo fragilidad estatal, violencia prolongada y ausencia de servicios, los grupos extremistas encuentran más espacio para sustituir al Estado por autoridad coercitiva y rentas locales.
Oleadas históricas y transformación moderna
El politólogo David Rapoport organizó la historia del terrorismo moderno en cuatro oleadas:
- la oleada anarquista, asociada al final del siglo XIX y a asesinatos de autoridades;
- la oleada anticolonial, vinculada a las luchas de autodeterminación posteriores a la Primera Guerra Mundial;
- la oleada de la nueva izquierda, intensificada desde los años sesenta en reacción a la guerra de Vietnam y al imperialismo;
- la oleada religiosa, ampliada a partir de 1979, en el contexto de la Revolución iraní y de la invasión soviética de Afganistán.
Esa clasificación no significa que cada oleada sustituyera totalmente a la anterior. Formas antiguas y nuevas de violencia política siguen existiendo al mismo tiempo. El valor de la idea de oleadas consiste en mostrar que técnicas y justificaciones circulan internacionalmente. Un repertorio nacido en un contexto puede inspirar a grupos de otros países mediante redes de comunicación, diásporas y entrenamiento que conectan a militantes separados por grandes distancias.
El yihadismo contemporáneo es un ejemplo de esa circulación. La guerra soviético-afgana de los años ochenta conectó combatientes extranjeros, financiación transnacional, propaganda religiosa y entrenamiento militar en un mismo circuito. Al-Qaeda nació en ese ambiente y transformó la defensa de territorios musulmanes en un proyecto de confrontación global. Más tarde, el Estado Islámico aprovechó la desorganización de Irak y Siria para gobernar zonas capturadas como embrión de un «califato», usando ese control territorial para atraer reclutas extranjeros y financiar su propia expansión. Incluso después de la pérdida territorial, sus filiales y los grupos inspirados por su ideología continuaron operando en otras regiones.
Yihadismo, takfirismo y violencia contra musulmanes
El yihadismo es una corriente violenta dentro de un campo mucho más amplio de movimientos que usan referencias islámicas en la política. Muchas organizaciones religiosas actúan por canales institucionales y comunitarios sin defender el terrorismo. El yihadismo, en cambio, transforma la violencia armada en una vía legítima para imponer un orden religioso o combatir a enemigos vistos como opresores. Esa distinción es necesaria, puesto que la mayoría de las comunidades musulmanas rechaza los ataques contra civiles y niega que Al-Qaeda o el Estado Islámico representen la fe islámica.
Dentro del extremismo yihadista, el takfirismo profundiza la violencia sectaria. El takfir es la acusación de apostasía contra otro musulmán. Los grupos extremistas usan esa acusación para ampliar el campo de enemigos, tratando a rivales religiosos, gobiernos musulmanes y civiles acusados de colaboración como objetivos legítimos. Como la mayor parte de las tradiciones suní y chií considera peligroso convertir una divergencia política o religiosa en autorización para matar, el takfirismo suele aislar a sus practicantes incluso dentro de sociedades mayoritariamente musulmanas.
Esa dinámica explica por qué gran parte de las víctimas del yihadismo se encuentra en países musulmanes. De Afganistán al Sahel, muchos ataques ocurren en disputas locales por territorio, reclutamiento y legitimidad. En esos escenarios, la violencia contra civiles o fuerzas de seguridad funciona como tecnología de gobierno. Obliga a la obediencia local, elimina rivales e impone autoridad política, en lugar de limitarse a enviar un mensaje a Occidente.
Cómo construyó la ONU el régimen antiterrorista
Las Naciones Unidas construyeron varias capas de cooperación incluso sin resolver la disputa conceptual sobre la definición general de terrorismo. La primera capa está formada por tratados sectoriales. Obligan a los Estados a penalizar conductas específicas, cooperar en la investigación, extraditar o procesar a sospechosos e impedir que determinados delitos sean tratados como simples delitos políticos. En lugar de un único convenio amplio, esa arquitectura cubrió sectores vulnerables, métodos de ataque y flujos financieros mediante instrumentos especializados.
La segunda capa vino del Consejo de Seguridad. En 1999, la Resolución 1267 creó un régimen de sanciones inicialmente dirigido al Talibán y a Al-Qaeda. Después, el régimen se adaptó para incluir al Estado Islámico y a entidades asociadas. Las sanciones dan al Consejo una herramienta rápida contra redes incluidas en la lista, porque pueden congelar activos, restringir viajes y bloquear el suministro de armas. Al mismo tiempo, ese modelo generó debates sobre debido proceso, criterios de inclusión y mecanismos de impugnación para individuos o entidades afectados.
La tercera capa surgió después del 11 de septiembre de 2001. La Resolución 1373 obligó a todos los Estados miembros a prevenir y castigar la financiación del terrorismo, negar refugio a terroristas, cooperar en investigaciones y ajustar legislaciones nacionales. Como fue adoptada en virtud del Capítulo VII de la Carta de la ONU, la resolución tuvo fuerza vinculante y transformó el contraterrorismo en un deber general de los miembros de la organización. También creó el Comité contra el Terrorismo (CTC), órgano del Consejo de Seguridad encargado de seguir la aplicación de esas obligaciones por los Estados.
En 2006, la Asamblea General aprobó la Estrategia Global de las Naciones Unidas contra el Terrorismo. El documento organiza la respuesta en cuatro pilares:
- afrontar las condiciones que favorecen la expansión del terrorismo;
- prevenir y combatir los ataques;
- fortalecer las capacidades estatales y el papel de la ONU;
- proteger los derechos humanos y el Estado de derecho.
En 2017, la ONU creó la Oficina de Lucha contra el Terrorismo (UNOCT) para coordinar mejor programas dispersos por el sistema. Con ello, el régimen dejó de ser solo represivo y pasó a combinar deberes penales con prevención, asistencia técnica y protección de derechos.
Cooperación regional y el papel de las Américas
Las organizaciones regionales adaptan el régimen global a las necesidades de sus miembros. En las Américas, la OEA trató el tema antes del 11 de septiembre, especialmente tras los ataques contra la embajada de Israel en Buenos Aires, en 1992, y contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en 1994. El Comité Interamericano contra el Terrorismo (CICTE), creado a finales de los años noventa, se convirtió en el principal mecanismo hemisférico de apoyo técnico y coordinación.
La Convención Interamericana contra el Terrorismo, adoptada en Bridgetown en 2002, acercó el sistema regional a las obligaciones globales posteriores al 11 de septiembre. Concentró el esfuerzo hemisférico en financiación, refugio seguro, cooperación jurídica e intercambio de información. El CICTE transforma ese marco en capacitación práctica para ciberseguridad, fronteras, aviación, espacios de gran afluencia e implementación de instrumentos internacionales.
Esa cooperación deja claro que el contraterrorismo no es solo una operación militar. En muchos casos, la medida decisiva es la rutina administrativa que identifica el riesgo antes del ataque, preserva pruebas después de que ocurra y hace que autoridades de países diferentes respondan con suficiente rapidez. Cuanto más transnacional es la red, más depende la respuesta de procedimientos comunes entre Estados que mantienen leyes, capacidades y prioridades distintas.
Dilemas actuales: seguridad, derechos y nuevas amenazas
El primer dilema contemporáneo es el equilibrio entre seguridad y derechos. Las medidas contra el terrorismo pueden proteger a civiles, impedir atentados y cortar la financiación de grupos armados. Sin embargo, las leyes vagas también pueden servir para perseguir a opositores políticos o grupos sociales vulnerables. Por esa razón, la ONU pasó a insistir en que el contraterrorismo debe respetar el derecho internacional humanitario, los derechos humanos y el derecho de los refugiados. Sin ese límite, la represión puede alimentar el resentimiento que explotan las organizaciones violentas.
El segundo dilema es territorial. Informes recientes del Global Terrorism Index indican que muertes y ataques se concentran cada vez más en zonas de conflicto y en regiones donde el Estado no controla plenamente el territorio. En el Sahel, grupos vinculados a Al-Qaeda y al Estado Islámico convierten fronteras frágiles y disputas locales en corredores de expansión armada. Las economías ilícitas y la baja presencia estatal amplían ese proceso en áreas de Mali, Burkina Faso, Níger y países vecinos. En otras zonas de guerra, la amenaza cambia de forma según la combinación local entre disputa étnica, colapso administrativo y crimen organizado.
El tercer dilema es tecnológico. Los grupos extremistas usan plataformas digitales para propaganda, reclutamiento e instrucción táctica. La respuesta exige moderación de contenidos violentos, investigación digital y prevención de la radicalización, y al mismo tiempo plantea riesgos de censura y vigilancia excesiva. Además, los drones comerciales, las criptomonedas y las herramientas de inteligencia artificial pueden abaratar capacidades antes restringidas a organizaciones más estructuradas.
El cuarto dilema implica las fronteras entre terrorismo, insurgencia y crimen organizado. En varias regiones, los grupos armados se financian explotando la economía local, desde actividades legales bajo coerción hasta mercados ilícitos. La ideología sigue orientando objetivos y reclutamiento; al mismo tiempo, la supervivencia económica pasa a depender de prácticas delictivas. Esa superposición dificulta la respuesta estatal, ya que cada órgano trata una parte distinta de la misma red.
Por qué la cooperación mundial es indispensable
Ningún Estado puede enfrentarse solo a un fenómeno que depende de la circulación transnacional. Un país puede detener a la célula que ejecutó un atentado y aun así necesitar a otro gobierno para seguir el dinero, derribar servidores, extraditar a un intermediario o impedir que combatientes crucen fronteras. La cooperación mundial crea esa infraestructura de respuesta. Transforma el terrorismo de problema aislado de seguridad interna en tema permanente de derecho internacional, diplomacia, inteligencia y política pública.
La cooperación, sin embargo, no elimina el conflicto político sobre el concepto. Los Estados siguen discrepando sobre qué grupos incluir en listas, cómo juzgar la fuerza militar, dónde separar resistencia armada y terrorismo y qué peso dar a las causas profundas. El régimen antiterrorista funciona precisamente en ese terreno imperfecto: avanza ante el consenso operativo sobre prevención y castigo y encuentra límites cuando toca soberanía y legitimidad política.
El terrorismo internacional, por tanto, es más que una forma extrema de violencia. Es una prueba de coordinación institucional. Los Estados necesitan impedir ataques sin destruir garantías jurídicas. Las organizaciones internacionales deben crear estándares comunes sin borrar diferencias políticas reales. Las sociedades necesitan reducir condiciones de reclutamiento sin tratar a comunidades enteras como sospechosas. Cuando esas capas fallan, los grupos violentos encuentran más espacio para transformar el miedo en poder. Cuando funcionan, reducen la capacidad material de esos grupos y limitan el impacto político que intentan producir.