
El Palacio de la Paz de La Haya alberga instituciones asociadas al derecho internacional y a la solución pacífica de controversias. Imagen de Jiuguang Wang, con licencia CC BY-SA 2.0.
La Escuela Inglesa se entiende mejor como una escuela de pensamiento sobre cómo los Estados forman una sociedad internacional sin gobierno mundial. Produjo teorías y conceptos, no una única teoría de las Relaciones Internacionales en sentido estricto. Como no existe una autoridad superior situada por encima de los Estados soberanos, la escuela acepta la afirmación realista de que el sistema internacional es anárquico. Al mismo tiempo, sostiene que la anarquía no elimina las reglas de la política mundial. Incluso sin un gobierno superior, los Estados siguen recurriendo a instituciones, expectativas compartidas y argumentos morales para limitar, justificar o impugnar la conducta de los demás.
La pregunta clave de la escuela es pragmática: ¿cómo pueden los Estados preservar el orden y, aun así, formular reivindicaciones de justicia? Los autores de la Escuela Inglesa parten de un mundo en el que los Estados siguen siendo competitivos y están moralmente divididos, y luego preguntan cómo un conjunto limitado de instituciones puede hacer posible la coexistencia entre ellos. En ese sentido, una sociedad internacional existe cuando los Estados se consideran vinculados por reglas comunes y participan en instituciones comunes. La conexión entre ellos es limitada, porque siguen discrepando sobre el poder, los intereses y los valores. Aun así, basta para crear pautas reconocibles de obligación y legitimidad.
Orígenes y contexto intelectual
La Escuela Inglesa se desarrolló en torno al British Committee on the Theory of International Politics (Comité Británico de Teoría de la Política Internacional), creado en 1959. Sus estudiosos recurrieron a la historia, el derecho, la filosofía y la sociología, en lugar de partir de un único modelo científico sobre el comportamiento estatal. Por esa razón, la escuela no encaja de manera simple en los «grandes debates» habituales entre realismo, liberalismo y enfoques posteriores. Su punto de partida es más histórico e interpretativo: observar cómo los Estados construyen prácticas comunes sin dejar de competir entre sí.
La escuela se describe con frecuencia como una via media entre el realismo y el liberalismo. Del realismo toma el problema de la anarquía y la persistencia de los Estados soberanos. De las tradiciones racionalistas toma la idea de que los Estados pueden construir reglas que moldean el comportamiento. La etiqueta via media importa porque permite a los autores de la Escuela Inglesa explicar cómo la política de poder y la coexistencia basada en reglas operan al mismo tiempo.
El libro International Theory: The Three Traditions (Teoría internacional: las tres tradiciones), de Martin Wight, dio a la escuela uno de sus principales mapas intelectuales. En vez de tratar una tradición académica como toda la verdad sobre la política internacional, el análisis de la Escuela Inglesa suele moverse entre tres lenguajes rivales del orden internacional:
- El realismo se asocia con Hobbes y Maquiavelo. Enfatiza el conflicto, el poder y la inseguridad que se deriva de la ausencia de un soberano mundial.
- El racionalismo se asocia con Hugo Grocio. Enfatiza el derecho, la diplomacia y una sociedad de Estados capaz de reconocer obligaciones incluso sin gobierno mundial.
- El revolucionismo se asocia con Kant. Mira más allá de la coexistencia estatal, hacia la humanidad, las reivindicaciones morales universales y la posibilidad de una sociedad mundial más solidarista.
Sistema, sociedad internacional y sociedad mundial
La teoría de la Escuela Inglesa distingue entre «sistema internacional», «sociedad internacional» y «sociedad mundial». Estos términos son lo bastante próximos como para confundirse, pero apuntan a niveles diferentes de vida compartida en la política mundial. La distinción es importante porque evita tratar toda interacción entre Estados como si ya representara un orden normativo denso.
Un sistema internacional existe cuando los Estados interactúan y se afectan unos a otros. En ese contexto, la guerra, la negociación y el equilibrio pueden conectar a los Estados en un único campo de acción. En ese nivel de interacción más tenue, los Estados pueden estar poco de acuerdo sobre reglas o valores y, aun así, calcular sus acciones dentro de un mismo entorno estratégico.
La idea de sociedad internacional va más allá. Existe cuando los Estados reconocen intereses comunes, aceptan reglas comunes y participan en instituciones comunes. En ese nivel de interacción, prácticas como la soberanía, las obligaciones derivadas de tratados y la representación diplomática se convierten en algo más que hábitos de mera conveniencia. Las reglas compartidas pueden hacer posible una sociedad conflictiva cuando los Estados tratan algunas obligaciones como vinculantes, o al menos como estándares que exigen justificación cuando se violan.
El concepto de sociedad mundial, por su parte, desplaza el foco desde los Estados hacia la humanidad y hacia actores que atraviesan fronteras. Las reivindicaciones de derechos humanos y de justicia cosmopolita pertenecen de manera más natural a ese plano que a un marco puramente interestatal. Sin embargo, la sociedad mundial no sustituye necesariamente a la sociedad internacional. Puede apoyarla, presionarla o entrar en conflicto con ella cuando reivindicaciones morales formuladas en nombre de los individuos desafían reglas construidas alrededor de los Estados soberanos.
Hedley Bull y la sociedad anárquica
Hedley Bull dio a la Escuela Inglesa su formulación más influyente en The Anarchical Society (La sociedad anárquica), publicado en 1977. Bull argumentó que la anarquía es inevitable en un mundo de Estados soberanos, pero que no es lo mismo que desorden. Según él, los Estados aún pueden crear orden cuando comparten reglas e instituciones que vuelven más previsible su conducta.
Para Bull, el orden significa una pauta de actividad que sostiene objetivos básicos de la vida social. En la política internacional, esos objetivos incluyen los límites a la violencia, el respeto de los acuerdos y la preservación de los Estados como comunidades políticas independientes. La definición de Bull es deliberadamente modesta: el orden existe cuando hay regularidad suficiente para que los Estados coexistan y persigan sus fines sin un colapso sistémico constante.
Bull también trató la justicia como un problema crucial, no como un tema moral secundario. Para ello, distinguió entre tres tipos de justicia. La justicia interestatal protege principios como la igualdad soberana y la autodeterminación. La justicia humana se concentra en los derechos y el bienestar de las personas. La justicia mundial, por último, pregunta si toda la comunidad humana debería organizarse en torno a estándares morales más amplios.
La relación entre esas formas de justicia es inestable. Por ejemplo, una demanda de protección de los derechos humanos puede desafiar la idea de no intervención. En sentido inverso, una demanda de preservación de la soberanía estatal puede proteger a Estados débiles frente a la dominación y, al mismo tiempo, resguardar a gobiernos abusivos. La Escuela Inglesa resulta útil porque hace visible esa tensión antes de convertir una reivindicación moral en recomendación política.
Pluralismo y solidarismo
El principal debate dentro de la Escuela Inglesa es el que enfrenta al pluralismo y al solidarismo. Ambos enfoques aceptan la idea de sociedad internacional. Sin embargo, divergen sobre la densidad de esa sociedad y sobre los límites del alcance legítimo de sus reglas compartidas.
Los pluralistas ven la sociedad internacional como un arreglo limitado entre Estados soberanos. Desde este punto de vista, la primera tarea de la sociedad internacional es impedir la dominación y el desorden a gran escala. Como los Estados discrepan profundamente sobre valores sociales y políticos, los pluralistas advierten contra transformar la sociedad internacional en un vehículo para proyectos morales ambiciosos que los Estados poderosos podrían imponer de manera selectiva.
Los solidaristas, en cambio, sostienen que la sociedad internacional puede contener valores compartidos más profundos y obligaciones más exigentes. Dan más importancia a la protección humana y a la posición jurídica de los individuos. Según los argumentos solidaristas, la sociedad internacional puede, a veces, actuar en nombre de propósitos humanos más amplios, además de la coexistencia estatal, incluso sin convertirse en un Estado mundial.
Esa división refleja una diferencia no solo de grado de interacción, sino también de principio. El pluralismo enfatiza reglas débiles, que permiten la coexistencia de Estados diversos. El solidarismo enfatiza reglas más densas, que pueden permitir a los Estados y a otros actores perseguir propósitos morales comunes. La dificultad, en términos prácticos, es que las reglas más densas suelen necesitar implementación, y esa implementación puede reavivar los problemas de poder y selectividad temidos por los pluralistas.
¿Orden antes que justicia, o justicia mediante el orden?
La Escuela Inglesa suele asociarse con la afirmación de que el orden precede a la justicia. Esa afirmación puede malinterpretarse con facilidad. No significa que la justicia carezca de importancia. En realidad, significa que muchas formas de justicia se vuelven frágiles cuando las condiciones básicas del orden internacional entran en colapso.
Por ejemplo, la autodeterminación y la igualdad soberana dependen de un mundo en el que los Estados se reconocen mutuamente y aceptan algunos límites a la coerción. La protección de los derechos humanos también depende de instituciones y autoridades políticas capaces de actuar con cierta regularidad. Si la sociedad internacional pierde la capacidad de producir orden, las reivindicaciones de justicia pueden seguir siendo moralmente convincentes, pero se vuelven más difíciles de implementar sin recurrir a una fuerza arbitraria.
Al mismo tiempo, el orden puede volverse moralmente frágil o políticamente defensivo. Un orden estable puede proteger la igualdad soberana mientras tolera injusticias graves dentro de los Estados. Por tanto, el análisis de la Escuela Inglesa pregunta cuánto desorden debería arriesgar la sociedad internacional en nombre de una reivindicación más fuerte de justicia, y cuánta injusticia debería tolerar en nombre del orden.
Por qué importa la Escuela Inglesa
La Escuela Inglesa sigue siendo útil porque muchas disputas diplomáticas implican algo más que el interés material. Son disputas sobre qué reglas se aplican, quién cuenta como participante legítimo y qué instituciones tienen autoridad. Por eso, la escuela ofrece a los lectores un vocabulario para ver esas disputas como debates sobre pertenencia, obligación y legitimidad.
Las disputas de reconocimiento muestran este punto con claridad. Cuando los Estados discrepan sobre si una entidad debe ser tratada como Estado, debaten tanto la pertenencia a la sociedad internacional como el poder. Los debates sobre intervención humanitaria y responsabilidad de proteger muestran otra faceta del mismo problema. Preguntan si la protección humana puede prevalecer sobre la idea de no intervención, y quién debe decidir cuándo se ha cruzado ese umbral.
El enfoque también ayuda a explicar por qué importan las instituciones internacionales incluso cuando son débiles. En la práctica, las instituciones rara vez retiran la política de poder de los asuntos mundiales. Más bien, su importancia reside en ofrecer procedimientos, lenguaje y expectativas mediante los cuales los Estados justifican acciones e impugnan violaciones. Aunque no garantizan el cumplimiento de las reglas por los Estados, esas prácticas definen el coste de violarlas y los argumentos disponibles para defender o condenar conductas.
Lo que el enfoque puede dejar de lado
La Escuela Inglesa puede subestimar la desigualdad material si trata la sociedad internacional como un marco moral compartido sin preguntar quién escribió las reglas y quién se beneficia de ellas. El libro The Expansion of International Society (La expansión de la sociedad internacional), de Bull y Adam Watson, situó la propia expansión en el centro de la historia, pero los críticos aún preguntan si el lenguaje de las reglas comunes puede ocultar una jerarquía. Al fin y al cabo, muchas reglas del orden internacional surgieron de la práctica estatal europea, de la expansión imperial y de encuentros desiguales entre Estados.
También puede ser difícil someter la teoría de la Escuela Inglesa a prueba del modo en que se prueban teorías causales más restringidas. Con frecuencia funciona como un enfoque histórico e interpretativo, no como un modelo que predice resultados específicos. Por ejemplo, eso impone una limitación si la pregunta es por qué un Estado tomó una decisión en un momento determinado. Sin embargo, impone una limitación menor cuando la pregunta es cómo un orden diplomático define la legitimidad, la pertenencia, las obligaciones y las conductas aceptables.
Algunos autores posteriores intentaron afinar esas categorías. Por ejemplo, la obra From International to World Society? (¿De la sociedad internacional a la sociedad mundial?), de Barry Buzan, llevó la teoría de la Escuela Inglesa a definir la sociedad mundial con más cuidado y a explicar cómo se constituye esa sociedad. En conjunto, el valor duradero de la escuela es que mantiene el poder, el derecho y la moral en un mismo marco, sin fingir que siempre apuntan en la misma dirección.