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Liberalismo clásico en las Relaciones Internacionales

Fotografía en blanco y negro de la Asamblea de la Sociedad de Naciones en Ginebra en 1923, con delegados sentados en filas de pupitres en la sala principal, galerías públicas llenas sobre ellos, papeles extendidos sobre las mesas y una tribuna de oradores en primer plano.

La Asamblea de la Sociedad de Naciones se reunió en Ginebra en 1923, una muestra de la versión institucional del internacionalismo liberal después de la Primera Guerra Mundial. Imagen de dominio público de autor desconocido, publicada originalmente en Suomen Kuvalehti en 1923.

En Relaciones Internacionales, el liberalismo clásico explica la guerra y la cooperación preguntándose cómo modifica la conducta exterior de los Estados su carácter interno. Parte de un problema compartido por muchas teorías de las relaciones internacionales: los Estados actúan sin un gobierno mundial capaz de imponerles órdenes a todos. Los realistas suelen subrayar lo que esa condición produce entre Estados. Los liberales clásicos añaden una pregunta interna: antes de que un Estado combata, ¿por qué proceso nacional debe pasar esa decisión? Cuando la guerra tiene que defenderse ante contribuyentes e instituciones representativas, resulta más difícil tratar la fuerza como una política personal.

Por eso, el optimismo del liberalismo clásico es siempre matizado. Esta tradición nació de la desconfianza hacia la concentración de poder, y esa desconfianza se aplica a la política internacional tanto como al gobierno interno. En política exterior, el peligro es concreto: la guerra puede dar a los gobernantes un argumento de emergencia para exigir nuevos recursos, reclamar poderes ejecutivos más amplios y presentar la oposición como una amenaza para la seguridad. El proteccionismo y el imperio crean un riesgo parecido cuando los gobiernos utilizan la política exterior para favorecer a grupos protegidos. Por esa razón, el liberalismo clásico entiende la paz como un logro político: depende de reglas y condiciones sociales que hacen más difícil autorizar la coerción y menos rentable recurrir a ella.

El término puede resultar confuso porque, con el tiempo, el liberalismo en Relaciones Internacionales se convirtió en una familia teórica más amplia. La teoría de la paz democrática desarrolla la tesis republicana de que los gobiernos responsables ante la ciudadanía son menos propensos a combatir entre sí. El liberalismo comercial pregunta cómo el comercio y la interdependencia cambian el rendimiento de la conquista. El institucionalismo liberal estudia cómo las reglas y las organizaciones facilitan la supervisión de las promesas. El liberalismo clásico es más acotado que esa familia posterior: empieza por el gobierno limitado y los derechos individuales, y después pregunta cómo el intercambio abierto y la sujeción al derecho modifican la política exterior y el orden internacional.

Resumen

  • En Relaciones Internacionales, el liberalismo clásico sostiene que la política internacional depende de algo más que el poder militar o el equilibrio entre Estados. Las instituciones internas moldean lo que quieren los gobiernos, qué grupos influyen en la política y con qué facilidad pueden los líderes trasladar a la sociedad los costes del conflicto.
  • Un régimen republicano puede hacer que la guerra sea políticamente más difícil porque los ciudadanos soportan sus costes. Los votantes pueden castigar a los dirigentes, los parlamentos pueden examinar el gasto y el debate público puede obligar a los gobiernos a justificar por qué la violencia es necesaria.
  • El comercio cambia el valor de la conquista. Cuando la prosperidad depende del intercambio bajo reglas generales, ocupar un territorio puede dañar la confianza financiera y las redes de producción que hacían valioso ese territorio.
  • Las reglas públicas y los foros recurrentes pueden facilitar la supervisión de los compromisos y dificultar que se oculten las infracciones. La política de poder persiste, pero esas reglas pueden dar a los Estados un lenguaje compartido para protestar, justificar y negociar.
  • La afirmación más sólida del liberalismo clásico es condicional: la paz se vuelve más probable cuando las instituciones nacionales e internacionales premian más la contención que la coerción.

Orígenes y precursores del liberalismo clásico

El liberalismo clásico surgió de los argumentos de la primera modernidad y de la Ilustración contra el gobierno arbitrario. En política interna, los autores liberales cuestionaron la idea de que los gobernantes pudieran tratar a las personas, las reclamaciones de propiedad y las reglas jurídicas como prolongaciones de su autoridad personal. Defendieron el consentimiento y la igualdad ante la ley, y sostuvieron que los ejecutivos no podían gravar la propiedad, vigilar la conciencia ni saltarse la representación como si la sociedad les perteneciera. Cuando esas ideas entraron en el pensamiento internacional, cambiaron la pregunta sobre la guerra. Si el gobierno existe para proteger derechos, la política exterior no puede tratarse como un instrumento privado de reyes, ministros o élites militares. La guerra pasó a exigir una justificación política.

John Locke contribuyó a ese trasfondo al vincular el gobierno legítimo con el consentimiento y con la protección de la vida, la libertad y la propiedad. Su aportación a las Relaciones Internacionales opera a través del fundamento interno de la teoría. Locke no formuló una teoría completa de la política mundial. Su concepción de la autoridad limitada, aun así, implica que el carácter interno del Estado afecta a la manera en que este puede usar la fuerza fuera de sus fronteras. En Relaciones Internacionales, la relevancia de Locke reside en la idea de que el poder legítimo es poder limitado, de modo que los impuestos, la conscripción y la guerra requieren una justificación más fuerte que bajo el gobierno personal.

Montesquieu y Adam Smith aportaron el lado comercial del argumento. Para Montesquieu, el comercio hacía algo más que mover mercancías. El intercambio repetido enseñaba a las personas a sopesar el coste del conflicto, a mantener un contacto regular con extranjeros y a apoyarse en reglas previsibles para el pago y la entrega. Smith explicó después cómo la especialización podía crear riqueza social sin una autoridad central que dirigiera cada transacción. Aplicados al plano internacional, esos argumentos sugerían que los extranjeros podían aparecer como socios en la prosperidad, y no solo como enemigos o rivales.

Más allá de la economía política, los proyectos jurídicos y de paz anteriores también dieron forma al liberalismo clásico. Hugo Grocio ayudó a los liberales posteriores a sostener que la guerra podía juzgarse por reglas jurídicas y no solo por la victoria, mientras que las propuestas de federaciones o congresos de Estados imaginaron procedimientos regulares para las disputas. Esas ideas mantenían la soberanía, pero intentaban disciplinar el poder soberano sometiendo la guerra a reglas públicas y a una negociación recurrente. La tensión entre independencia soberana y restricción jurídica se convirtió en uno de los problemas persistentes del liberalismo clásico.

Supuestos centrales del liberalismo clásico

En Relaciones Internacionales, los supuestos centrales del liberalismo clásico explican por qué la teoría mira dentro del Estado antes de tratar la política exterior como una única voluntad nacional. Las amenazas externas siguen siendo reales. Lo que preguntan es cómo los derechos, los intereses y las instituciones moldean la manera en que un Estado define esas amenazas y elige una respuesta.

En primer lugar, los individuos y los grupos sociales ayudan a formar las preferencias del Estado. Los liberales clásicos tratan el Estado como un espacio en el que los intereses sociales se convierten en política pública. Una sola guerra ilustra el argumento: los responsables militares pueden describirla como necesaria para la seguridad, los comerciantes pueden vivirla como una pérdida comercial, los contribuyentes pueden verla como una nueva carga y las burocracias pueden ganar autoridad al gestionarla. El Estado actúa internacionalmente, pero las preferencias que guían su acción se forman a través de la sociedad interna y de las instituciones políticas.

En segundo lugar, la anarquía ejerce presión sin borrar la diferencia política. En el realismo, la ausencia de un gobierno mundial empuja a los Estados hacia la autoayuda, la sospecha y la competencia. El liberalismo clásico acepta que la anarquía crea peligro, pero trata la presión externa como solo una parte de la explicación. Una república constitucional y una burocracia imperial pueden afrontar una amenaza similar y producir políticas distintas, porque representan intereses internos diferentes y se enfrentan a restricciones diferentes.

En tercer lugar, la cooperación puede producir ganancias absolutas. Los Estados pueden competir por ventajas relativas, sobre todo en asuntos de seguridad, pero muchos problemas permiten que más de una parte se beneficie. Las reglas de navegación, la cooperación en salud pública y los acuerdos de control de armamentos, por ejemplo, pueden generar beneficios que se perderían con el conflicto. Para los liberales clásicos, la posibilidad del beneficio mutuo da a la política algo que organizar: las instituciones y las reglas pueden hacer que la cooperación sea lo bastante creíble como para que los Estados la elijan.

En cuarto lugar, la teoría desconfía de la autoridad concentrada incluso cuando esa autoridad promete orden. Un gobierno mundial lo bastante fuerte para imponer la paz podría convertirse también en un despotismo global. Por eso, muchas propuestas liberales de paz evitan un mando supranacional ilimitado. Algunas recurren a federaciones o al arbitraje para regularizar la negociación entre Estados independientes. Otras se apoyan en la publicidad y en los límites constitucionales para hacer visibles en casa las decisiones sobre la guerra. El objetivo es restringir la violencia sin crear una concentración de poder más peligrosa.

Principales argumentos del liberalismo clásico

Los principales argumentos del liberalismo clásico convierten esos supuestos en mecanismos. Responden a la misma pregunta desde ángulos distintos: ¿qué hace que a los gobiernos les resulte más fácil o más difícil elegir la guerra? La rendición de cuentas representativa cambia quién debe autorizar la guerra y soportar sus costes. El comercio abierto cambia lo que vale la conquista. Las reglas públicas y los foros recurrentes cambian la manera en que los gobiernos formulan reclamaciones, supervisan promesas y gestionan disputas. Estos énfasis suelen solaparse porque los autores pueden combinar la restricción interna, económica y jurídica en la misma explicación de la paz.

Una vía hacia la paz empieza por la responsabilidad política. La guerra es más fácil cuando los gobernantes pueden ocultar sus costes, endeudarse sin escrutinio, censurar a la oposición y tratar a los soldados como instrumentos de la ambición estatal. Las instituciones representativas cambian ese cálculo. Los ciudadanos que pagan impuestos, pierden familiares, afrontan la conscripción y soportan la perturbación económica tienen motivos para exigir justificaciones. En ese contexto, el consentimiento público cambia el camino hacia la guerra al obligar a los líderes a exponer objetivos, costes y riesgos antes de que la violencia se convierta en política.

El comercio aporta otra vía, porque cambia lo que los gobernantes y los grupos sociales pueden obtener de la conquista. La conquista parece más atractiva cuando el territorio da a los gobernantes acceso exclusivo a la vida económica. El comercio abierto puede reducir ese incentivo porque la riqueza queda vinculada al intercambio y no al control directo. Si un país puede comerciar e invertir bajo reglas generales, apoderarse de un territorio puede destruir las mismas redes que hacen posible la prosperidad.

El derecho contribuye al hacer más públicas las expectativas y las infracciones. Esa premisa tropieza con una dificultad inmediata: el derecho internacional no puede funcionar como el derecho penal interno porque no existe una policía mundial con autoridad monopolística. Aun así, el derecho puede aclarar obligaciones e incumplimientos. También puede ayudar a los gobiernos a coordinar la protesta, la represalia y la justificación. El efecto es práctico: un tratado puede definir un incumplimiento, un tribunal puede convertir quejas en reclamaciones públicas y las reglas diplomáticas pueden coordinar la protesta o el cumplimiento.

Las instituciones amplían esa lógica mediante la práctica regular. Como los Estados vuelven a los mismos foros, trabajan mediante procedimientos conocidos y dejan constancia de sus promesas, reducen la necesidad de inventar una maquinaria diplomática nueva para cada disputa. Las instituciones también pueden mantener abierta la comunicación durante las crisis, cuando una percepción errónea puede convertir el miedo en escalada. En este sentido, las instituciones hacen que el poder sea más público y previsible, y que abusar de él resulte más costoso; por eso importan incluso cuando no pueden dar órdenes a los Estados como lo haría un gobierno.

Principales autores y sus perspectivas

Immanuel Kant dio a la teoría liberal de las Relaciones Internacionales su mecanismo de paz más influyente. En La paz perpetua, sostuvo que la paz debía establecerse mediante reformas políticas y jurídicas. Para Kant, una constitución republicana restringe a los gobernantes porque los ciudadanos que financian y sufren la guerra no pueden quedar excluidos de la decisión de autorizarla. Una federación de Estados libres, en su sentido, permite a los Estados vincularse a reglas contra la guerra sin convertirlos en un solo imperio. Kant también utilizó el término derecho cosmopolita para referirse a un derecho limitado de hospitalidad: los extranjeros no deben ser tratados como enemigos simplemente por llegar al territorio de otro Estado. La paz kantiana se construye paso a paso: los gobernantes pasan a responder ante los ciudadanos, los Estados obtienen una alternativa jurídica al imperio y los extranjeros reciben una protección mínima cuando se encuentran con la autoridad de otro Estado.

Richard Cobden y la Escuela de Manchester desarrollaron la versión librecambista de la paz liberal. Cobden trató el proteccionismo, el imperio y el militarismo como problemas conectados. Los aranceles favorecían a productores organizados a costa de los consumidores. Las colonias y los mercados protegidos alentaban el gasto naval, la rivalidad estratégica y el privilegio político. El libre comercio, en cambio, debilitaba la idea de que la prosperidad exigía control territorial. En su versión, el comercio se convierte en un mecanismo antiimperial: el intercambio abierto reduce el valor político de la conquista porque el acceso ya no depende de la posesión ni de los mercados protegidos.

Norman Angell afinó el argumento económico antes de la Primera Guerra Mundial en La gran ilusión. A menudo se le atribuye erróneamente la tesis de que la interdependencia había hecho imposible la guerra porque los gobiernos evitarían racionalmente los enormes costes económicos de la guerra y la conquista. El argumento de Angell era más estrecho y más útil para el liberalismo clásico: la conquista moderna podía volverse económicamente inútil incluso cuando un ejército victorioso controlara el territorio.

La razón era que la riqueza moderna no consistía solo en tierras, edificios o materias primas pendientes de ser capturadas. Una parte amplia de esa riqueza dependía de la confianza en que se pagarían las deudas, se respetarían los contratos, las fábricas recibirían suministros, los trabajadores seguirían produciendo y los bancos mantendrían el crédito en circulación. Un ejército invasor podía ocupar una ciudad, pero la ocupación podía asustar a los prestamistas, interrumpir los sistemas de pago, cerrar mercados y perturbar la cooperación que hacía valiosa la economía. En ese sentido, el conquistador podía destruir riqueza con más facilidad que poseerla. La Primera Guerra Mundial expuso el límite de ese razonamiento. Un gobierno puede aceptar daños económicos cuando sus dirigentes creen que está en juego la supervivencia nacional. La movilización nacionalista puede hacer que llegar a un acuerdo parezca deshonroso, mientras que las obligaciones de alianza y los calendarios militares pueden forzar decisiones antes de que los intereses comerciales organicen la contención. Aun así, Angell aclaró un mecanismo liberal duradero: a medida que las economías se vuelven más difíciles de apropiarse por la fuerza, la conquista puede perder parte de su recompensa económica aunque siga siendo políticamente posible.

Woodrow Wilson convirtió los principios liberales en un programa diplomático de posguerra. Los Catorce Puntos se convirtieron en una forma de trasladar las ideas liberales a la práctica diplomática. La diplomacia abierta pretendía reducir las negociaciones secretas que podían comprometer a las sociedades con la guerra sin conocimiento público. La autodeterminación cuestionaba la idea de que los pueblos pudieran transferirse entre imperios como moneda de cambio diplomática, aunque Wilson la aplicó de manera desigual. La seguridad colectiva dio al programa su ambición institucional: la agresión debía convertirse en una preocupación común para los miembros de un orden de paz organizado, en lugar de quedar como un asunto limitado a la víctima directa. La Sociedad de Naciones se creó para hacer permanente esa promesa. Su debilidad se hizo visible porque Estados Unidos nunca ingresó, los Estados miembros controlaban la fuerza militar y las sanciones económicas que la Sociedad necesitaba, y los agresores de la década de 1930 aprendieron que la condena no siempre conducía a una acción eficaz. Para las Relaciones Internacionales liberales, ese fracaso fue significativo porque mostró que la seguridad colectiva necesita reglas jurídicas, además de Estados dispuestos y capaces de hacerlas cumplir.

Michael Doyle, John Oneal y Bruce Russett llevaron los temas kantianos a la investigación moderna sobre la paz democrática. La aportación de Doyle consistió en convertir el mecanismo republicano de Kant en la tesis moderna de la paz democrática: los Estados liberales pueden formar una «paz separada» entre sí porque se reconocen mutuamente como Estados de derecho y responsables ante sus ciudadanos, aunque hayan combatido con frecuencia contra Estados no liberales. Oneal y Russett transformaron después esa lógica más antigua en investigación empírica. Preguntaron si las democracias, los Estados conectados económicamente y los Estados vinculados mediante organizaciones internacionales tenían menos probabilidades de entrar en disputas militarizadas. Su aportación fue metodológica además de teórica: las afirmaciones liberales sobre la contención se convirtieron en proposiciones contrastables frente a explicaciones realistas basadas en el poder y la anarquía.

Andrew Moravcsik reformuló más tarde la teoría liberal en torno a las preferencias estatales. En «Taking Preferences Seriously», sostiene que la teoría liberal de las Relaciones Internacionales empieza por las relaciones entre Estado y sociedad: los actores sociales internos y transnacionales moldean los fines que persiguen los gobiernos. Esta formulación impide reducir el liberalismo a optimismo sobre la paz. En términos prácticos, la versión de Moravcsik explica tanto la cooperación como el conflicto preguntando qué preferencias representa el Estado y cómo entran esas preferencias en la política exterior.

Liberalismo clásico frente a realismo

La diferencia más clara entre el liberalismo clásico y el realismo clásico está en el punto de partida de la explicación. Los realistas suelen empezar por la anarquía, la supervivencia y el poder. También subrayan el dilema de seguridad: un Estado puede armarse para defenderse, pero otros Estados pueden interpretar esa preparación como una amenaza y responder con sus propias armas o alianzas. Los liberales clásicos plantean una pregunta previa: ¿qué quieren los Estados y cómo se convirtieron esos deseos en política? Los dos enfoques pueden describir la misma crisis, pero buscan la causalidad en lugares distintos.

Para los realistas, la distribución del poder suele tener más peso explicativo que la política interna. Un Estado rodeado de amenazas debe responder al peligro con independencia de su tipo de régimen. Para los liberales clásicos, el tipo de régimen y la representación interna influyen en la manera de interpretar el peligro y en quién se beneficia de la respuesta elegida. En este sentido, el realismo explica por qué la inseguridad empuja a los Estados hacia la autoayuda. El liberalismo clásico explica por qué algunos Estados convierten la inseguridad en militarización, mientras que otros intentan reducir el riesgo haciendo públicos sus compromisos, vinculando a grupos internos con el intercambio continuado o negociando a través de instituciones antes de que el miedo escale.

Las dos teorías también discrepan sobre las instituciones. Los realistas tienden a verlas como reflejos del poder y del interés de los Estados. Las instituciones sobreviven cuando las apoyan Estados poderosos y fracasan cuando esos Estados se apartan de ellas o cuando cambia el equilibrio de poder. Los liberales clásicos aceptan que las instituciones dependen del apoyo estatal, pero les atribuyen un peso causal adicional. Para ellos, las reglas convierten algunos incumplimientos que antes podían quedar en privado en infracciones públicas, elevando los costes en los ámbitos diplomático e interno. Un gobierno que viola un acuerdo público puede aun así salirse con la suya, pero la infracción crea consecuencias diplomáticas e internas que no existirían en un trato puramente privado.

Por último, las teorías difieren sobre las ganancias de la cooperación. Los realistas temen que una ganancia mayor del socio pueda convertirse más tarde en una amenaza para la seguridad. Los liberales clásicos dejan más espacio a las ganancias absolutas, sobre todo fuera de las cuestiones de supervivencia inmediata. Si un acuerdo comercial enriquece a las dos partes, o si una institución reduce una vulnerabilidad compartida, el pacto puede ser racional aunque los beneficios sean desiguales. La respuesta liberal es más fuerte cuando el asunto crea interacción repetida y los grupos internos valoran los beneficios lo suficiente como para defender la cooperación a través de los ciclos políticos.

Desarrollos modernos

La teoría liberal moderna de las Relaciones Internacionales amplió la tradición clásica en varias direcciones. La teoría de la paz democrática convirtió la idea republicana de Kant en una pregunta empírica: ¿son las democracias liberales especialmente poco propensas a combatir entre sí? Las versiones más cuidadosas tratan las elecciones como solo una parte de un mecanismo más amplio. Preguntan si los controles constitucionales frenan a presidentes, primeros ministros y gabinetes, si las libertades civiles permiten a la oposición criticar la guerra y si los gobiernos liberales esperan que otros gobiernos liberales resuelvan sus disputas conforme a derecho.

El liberalismo comercial también cambió. Los autores más antiguos se centraban en el libre comercio como restricción de la conquista y del imperio. Trabajos posteriores examinaron cómo el comercio crea grupos internos con interés en la apertura y cómo la dependencia de mercados, energía o finanzas exteriores puede convertirse en una fuente de influencia. Este desarrollo hace que la teoría sea más útil, pero también deja expuesta una vulnerabilidad. En la práctica, la interdependencia puede contener el conflicto cuando los actores valoran el intercambio continuado. Puede intensificarlo cuando los Estados convierten el acceso económico en presión y capacidad coercitiva.

El institucionalismo neoliberal desarrolló el lado institucional del pensamiento liberal después de que el realismo se volviera dominante en la disciplina. La explicación de Robert Keohane y Joseph Nye sobre la interdependencia compleja mostró cómo las sociedades interactúan mediante muchos canales más allá de los ministerios de Exteriores. En ese contexto, las empresas moldean la inversión, los reguladores negocian estándares, los tribunales interpretan obligaciones y las organizaciones internacionales organizan información. En asuntos como las reglas comerciales, la política ambiental o los estándares técnicos, la fuerza militar a menudo no resuelve el problema en cuestión. Lo que resulta más útil es la capacidad de observar si los Estados cumplen, compartir información sobre las infracciones y mantener la negociación después de que un acuerdo genere nuevas disputas.

El internacionalismo liberal procede de la misma familia, pero es más amplio que el liberalismo clásico. A menudo trata la democracia, los derechos, los mercados abiertos y la seguridad colectiva como partes de un orden internacional más general. El liberalismo clásico comparte muchos de esos compromisos, pero mantiene una desconfianza mayor hacia la transformación coercitiva y la autoridad centralizada. Desde una perspectiva liberal clásica, un orden internacional debe juzgarse por si limita el poder arbitrario. Si concede a Estados y funcionarios poderosos una nueva autoridad para gobernar en nombre de objetivos liberales, reproduce el problema que afirma resolver.

Críticas y límites

La crítica más fuerte al liberalismo clásico procede del realismo. Desde una perspectiva realista, la anarquía puede hacer que incluso las intenciones pacíficas parezcan peligrosas porque ningún Estado puede estar seguro de cómo utilizará otro sus ganancias futuras. Esa sospecha aparece dentro de la propia cooperación: un Estado puede preferir el comercio o las reglas jurídicas, pero aun así debe preguntarse qué ocurrirá si la otra parte usa el acuerdo para obtener una ventaja militar. La misma lógica limita las afirmaciones liberales sobre las instituciones: pueden reducir la incertidumbre en disputas ordinarias, pero no pueden imponer compromisos cuando las grandes potencias deciden que están en juego intereses vitales. Por tanto, la crítica realista estrecha las condiciones en las que los mecanismos liberales pueden operar sin negar que esos mecanismos funcionen a veces.

El argumento de la paz comercial también se enfrenta a un problema histórico visible. El mundo anterior a 1914 tenía un comercio, unas finanzas y unas comunicaciones extensos, y aun así entró en una guerra catastrófica. Para los críticos, esa experiencia muestra el límite de la restricción económica: los Estados pueden aceptar enormes pérdidas comerciales cuando los líderes y la ciudadanía creen que están en juego la seguridad, el estatus o compromisos ideológicos.

El liberalismo clásico también afronta un problema de desigualdad. La libertad formal de intercambio puede ocultar un poder de negociación desigual entre Estados, empresas y grupos sociales. Una regla formalmente neutral puede favorecer a una empresa o a un Estado que ya dispone de capital para invertir, abogados capaces de utilizar la regla y acceso a mercados donde capturar las ganancias. Si los beneficios de la apertura se concentran mientras las pérdidas recaen sobre grupos vulnerables, un orden liberal puede perder el consentimiento interno del que depende la contención liberal, y el proteccionismo o la política nacionalista pueden crecer a partir de esa pérdida.

Otro límite aparece cuando el lenguaje liberal se utiliza para justificar el imperio o la intervención. Los argumentos liberales se han opuesto a menudo al dominio imperial, pero los Estados poderosos también han afirmado difundir derechos o democracia mientras imponían dominación sobre sociedades más débiles. La guerra de Irak de 2003 se convirtió por esa razón en una advertencia importante: la promoción de la democracia por la fuerza puede destruir la legitimidad que las instituciones liberales deberían requerir. En consecuencia, la paz liberal depende del consentimiento interno y de la restricción jurídica más que del vocabulario liberal, sobre todo cuando Estados poderosos afirman actuar con fines liberales.

Existe también una tensión en torno a la soberanía. El liberalismo se preocupa por los individuos dentro de los Estados, además de los gobiernos. Esa preocupación respalda las reclamaciones de derechos humanos y, en algunos casos, argumentos a favor de la protección humanitaria o de la promoción de la democracia. Sin embargo, la intervención puede violar la autodeterminación y crear nuevas formas de dependencia. El liberalismo clásico está especialmente atento a ese peligro porque desconfía del poder que reclama una exención moral frente a los límites ordinarios.

Conclusión

En Relaciones Internacionales, el liberalismo clásico explica cómo pueden alterarse las condiciones de la guerra y la cooperación. Acepta que los Estados viven sin un soberano mundial, pero no trata la anarquía como la única causa de la política exterior. Traza el camino que va de la sociedad interna a las preferencias estatales. También explica por qué el comercio puede reducir la recompensa de la conquista, por qué la opinión pública puede contener a los gobernantes y por qué el derecho y las instituciones pueden hacer más creíble la negociación pacífica.

La lección más sólida es condicional. El intercambio de mercado, la rendición de cuentas democrática y la organización internacional restringen la violencia solo cuando cambian los incentivos y hacen visible la coerción. El liberalismo clásico enseña que la paz requiere mecanismos que obliguen a los gobernantes a justificar costes, hagan más valioso el intercambio que la conquista y conviertan algunas disputas en procedimientos jurídicos o institucionales públicos. Esos mecanismos pueden fallar cuando la política nacionalista vuelve deshonroso llegar a un acuerdo, cuando los líderes temen una pérdida estratégica, cuando la desigualdad socava el consentimiento, cuando el imperio se oculta tras el lenguaje liberal o cuando la rivalidad entre grandes potencias desborda la restricción jurídica. Incluso cuando fallan, conservan fuerza analítica porque muestran que la política internacional es algo más que una lucha por el poder. También es una lucha por las reglas y las condiciones internas que deciden cómo puede usarse ese poder.

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